Leyenda del viejo roble de la montaña

Escrito por Carolina Prieto Molano, basado en el relato de don Ramiro Aguilera, La Aguadita, 2002 y el relato tomado del libro de historia y geografía de fusagasugá en el año 2002.
Hace más de 70 años, Ana Isabelita Flórez y su padre Francisco Flórez visitaban cada quince días los aserríos de la hacienda. En uno de sus viajes Ana Isabelita, con la belleza en flor de sus 16 años, conoció a Washington  Sneider Zimbaqueba, hijo de una campesina de origen Sutagao y de un ciudadano estadounidense, encargado de cuidar los caballos de carga y de silla de don Francisco y su hija.

Aunque apuesto, Washington era pobre y analfabeta. Ana isabelita, en cambio, rica y educada en los mejores colegios de Bogotá. Pero el amor de juventud desconoce esas barreras y los dos jóvenes se enamoraron como suelen ser los amores locos y perdidos. Al enterarse, don francisco prohibió los amores de su hija. Para evitar que la pareja se encontrara, al peón lo expulsaron de la hacienda, y a la joven la encerraron en su casa en Bogotá.

Pero la separación obligada no surtió los efectos buscados. Una mañana, Ana isabelina tomó un bus de la flota Sumapaz y partió en busca de su joven amante que la aguardaba en el caserío de la Aguadita, el único camino existente en ese entonces para llegar a Fusagasugá. Con las manos trenzadas y a toda prisa subieron la montaña para evitar ser capturados. Allí, en la cima del cerro de Fusacatán, Washington había preparado  un nido de amor en un tronco hueco de un viejo de roble. En el viejo tronco de la montaña, en la parte en la parte alta, también cavó un espacio que serviría para esconderlos si llegaban hasta allí sus perseguidores.

La naturaleza, el enigmático y frío paisaje de la aguadita con su exuberante belleza, de falsos helechos que se elevan como palmas, emblemáticos yarumos, quiches y orquídeas de todo tipo, hicieron florecer aquel amor prohibido. Ocho meses después y esperando un bebe los amantes vieron desde el cerro un grupo de personas armadas que se acercaban en su búsqueda.  Entonces, Ana isabelita subió al hueco del árbol donde se escondió junto con las dos grandes maletas llenas de joyas y monedas que había traído cuando escapo de casa.

Washington Sneider cerro y tranco el escondite, y corrió cañada abajo para enfrentar a sus perseguidores a la orilla del río barroblanco. Al verlo le dispararon y con más de diez  tiros en su cuerpo cayó al río que lo arrastró combinando las gélidas aguas con el frío de muerte.
Muerto Washington, los perseguidores se olvidaron Ana isabelita. Nunca imaginaron que un tronco viejo la encerraba. Aprisionada en las entrañas del roble ancestral, sin posibilidad de escapar, esperó que pasara el día, la noche y el día siguiente. Desesperada arañaba el tronco hasta verter sangre de sus dedos y al no poder salir con angustia, hambre y asfixia, murieron ambos, madre e hijo, sepultados en su entraña junto con las dos maletas que guardaban el tesoro.   

El paso de los años por el cerro de la aguadita, la maleza y la exuberante flora borraron el camino. La gente olvido la historia de amor, su tesoro, y sobre todo, encontrar esos dos cuerpos que merecen ser sepultados.

Si usted, señor viajero, llega al pie del viejo roble y pone su oreja contra el tronco, escuchara el tintinar de muchas monedas de oro y plata, mientras el cerro se cubre de neblina espesa la lluvia cae y acortan la visión y el frio viento azota el rostro. Entonces, un escalofrió  invadirá todo su cuerpo, y sentirá las piernas trémulas mientras escucha entre los susurros del viento montañero, los quejidos, llantos y, sobre todo, la suplica para que algún ser valiente dé sepultura a los dos cuerpos, y tome como premio el tesoro.
 

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Fecha de publicación: 14/02/2011


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